sábado, 5 de junio de 2010

La ciudad de los palacios, 1

Es imposible como sonorense no sensibilizarse ante la tragedia ocurrida hoy hace un año en la guardería ABC de la ciudad de Hermosillo. Al estar en la ciudad de México, me sentí con la obligación de ir a verificar si en efecto el decreto de día de luto por Felipe Calderón fue llevado a cabo. A falta de seriedad y responsabilidad de su parte al no dignarse a poner pie en la ciudad del Sol, al menos, sentí, quiero ver si su palabra de algo vale.

Efectivamente, al salir de la estación de metro y observar el Zócalo capitalino con todo su esplendor (y vendedores ambulantes), ahí se erguía la bandera nacional a media asta, imponente… no pude mas que pensar en el triste y callado tributo a esos 49 niños, mexicanos también (que aunque el defeño común y corriente lo ignore, Sonora es, en efecto y por desgracia, parte de esta “Federación”).

De ahí me pasé al Museo Nacional de Arte, el cual a pesar de haber venido al DF antes en varias ocasiones, nunca había tenido la delicadeza de tomar en cuenta (normal en un viajero, ¿no? Siempre termina uno viendo los lugares más populares y más atascados de turistas extranjeros). El museo en si es muy bello. El edificio solía ser habitado por Porfirio Díaz, así que figúrense su majestuosidad: fastuoso y elegante es poco.

El museo se divide en tres secciones: la exposición de siempre, la cual cuenta con un gran número de obras, desde Siqueiros, Izquierdo y Zárraga, también cuenta con pinturas de artistas no tan conocidos, en especial del siglo XIX y que cuentan, pictóricamente, el proceso de una incipiente nación independiente y los albores de la separación de la iglesia y el estado: la “Iluminación” Mexicana, si es que alguna ha existido. Existe también una pequeña sección del museo dedicada al telégrafo, la cual no pudo mas que sacar de mi unas leves sonrisas ya que recuerdo de niño como me maravillaba la idea de que un mensaje atravesara el Atlántico… que cursi e inocente, ¿verdad?

La exposición que mas me llamó la atención fue la temporal, la cual no recuerdo completamente bien su título pero ahondaba en el tema del éxodo y como las historias de México y Tenochtitlan se entrecruzan a lo largo de su existencia por la idea de la peregrinación y el andar errante de sus pueblos. Así, la exposición hace analogías entre distintos personajes de ambas historias, algunas en mi opinión atinadas, y otras que me causaron algo de ruido en la cabeza.

Por ejemplo, la analogía Hernán Cortés-Juan Diego se me hizo del todo montada, y más un intento por reivindicar la imagen del conquistador ante los ojos de los mexicanos. Es bien sabido por todo ciudadano de este país que Cortés siempre ha sido una figura conflictiva en la psique colectiva mexicana, sin embargo en esta ocasión no fue él quien cuya presencia me estorbó, sino el indígena Juan Diego como contraparte del mismo Cortés: sumiso, obediente, ignorante… quizá solo en lo de ignorante compartan algo ambos personajes, en cuyo caso un buen contraparte de Cortés hubiese sido Nezahualcóyotl, el poeta mexica.

En otro tramo del museo se hace una analogía entre otro personaje y Francisco I. Madero. Algo que me molestó sobremanera fue ver escrito entre los muros del museo un pasaje que hablaba de Madero como si fuera una especie de descendiente filosófico de Quetzalcóatl, el dios que los aztecas creían en sus fábulas vendría a infundarlos de gran sabiduría.

Madero, hay que aclarar, venía de familia bien avenida del norte del país. Era un “junior” de la “high society” del noreste mexicano. Su lucha en la Revolución Mexicana no tuvo una bandera campesina, como la de Zapata, o minera/agraria como Obregón y Villa. No, la intención de Madero nunca fue la equidad economica o un nuevo reordenamiento social (que, recordemos, es la intención de toda revolución en el mundo). Su perspectiva se asemejaría a la de los actuales industriales de la ciudad de Monterrey: burguesa. Madero buscaba, ante todo, mover el poder político de un grupo de influencia (ese representado por Díaz) a otro (el suyo): oséase como cuando Zedillo le pasó la estafeta a Fox y los pobres siguieron pobres y los ricos siguieron con su teatro.

Es por ese motivo que la imagen de Madero siempre ha causado algo de molestia y enojo en mi persona, y el verla enaltecida entre los héroes de la Revolución siempre ha sido, para mi, una falacia. Pero bueno… a pesar de ello, la exposición me pareció de lo mas entretenida e interesante, y el museo en general más que recomendable.

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